Las olas se suicidaban contra las rocas del acantilado. Principios de Enero, no había nadie en la playa. Se respiraba tranquilidad y melancolía. Me acerque a la orilla y deje que el agua me sumergiera los pies con su fría melodía. Sí, en la playa las olas llegaban rítmicas a su final y morían. Se podría decir que estaba pisando su cementerio. Ande un poco más hasta que mi vestido rozó el mar y pude tocarlo con la punta de los dedos mientras proyectaba mi mirada hacia el cielo. Ya había salido la luna con su color de ticket de supermercado, a pesar de que todavía había luz. La tape con el pulgar recordando aquella película que vimos juntos tumbados en tu sofá. No recuerdo como se llamaba, pero si hago memoria puedo saborear tus labios salados, después de un bol lleno de palomitas. Me acerco un poco más al horizonte, y siento un escalofrío. El agua ya me cubre la cintura. Sigo caminando con los brazos abiertos intentando darte un abrazo. No se donde estas, pero siento que me besas, mientras el viento hace bailar tus cenizas y a la arena entre mis dedos.